Ante las numerosas reacciones a la Declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Fiducia Supplicans, parece útil ofrecer un breve comentario.

La idea central de la Declaración es distinguir entre las bendiciones litúrgicas, rituales, que sólo pueden darse a “cosas, lugares o circunstancias que no contradigan la norma o el espíritu del Evangelio” (10), y las “bendiciones simples” que pueden darse a todos, porque Dios nunca se niega a bendecir a quienes necesitan su ayuda y se la piden.

En este sentido, hay muy pocos cambios sobre las bendiciones en la Iglesia actual. Los sacerdotes pueden invocar una bendición sobre casi cualquier cosa o persona. Las bendiciones son peticiones; suplican a Dios su ayuda y su gracia. En el Antiguo Testamento, el Faraón es bendecido por José, un burro es bendecido con el habla, e incluso las casas y el ganado son bendecidos. Las bendiciones son indiscriminadas en el sentido de que no se exige pureza moral o ritual.  Aarón y los sacerdotes podían invocar las bendiciones de Dios sobre todo Israel, buenos y malos por igual. Hoy en día, es bastante común que muchas personas lleven a sus mascotas y animales para que sean bendecidos en la fiesta de San Francisco. Sin embargo, no todo ni todos los bendecidos van al cielo.

Los que viven en pecado, sea cual sea su situación, pueden pedir y recibir una bendición. Si un perro o un objeto pueden ser bendecidos, cuánto más puede serlo alguien hecho a imagen y semejanza de Dios.  Esto no es nuevo.  La antigua costumbre de la liturgia es que, al final de la Misa, el sacerdote invoque una bendición sobre todos los reunidos: católicos o no católicos, santos o pecadores. Todos pueden recibir una bendición sacerdotal. Sin embargo, esto no se aplica a los sacramentos. Los sacramentos son de un orden distinto a los sacramentales y a las bendiciones generales. Hay que ser católico y estar en estado de gracia para recibir la Eucaristía.

La Declaración no está creando una nueva práctica de la Iglesia, a pesar de los titulares de los medios seculares. Este documento niega enfáticamente que haya algún cambio en “la perenne doctrina Cattolica”. (4) Las personas pueden ser bendecidas mediante una simple bendición sin importar el estado de su alma, no las “uniones del mismo sexo” u otras situaciones irregulares, como los matrimonios civiles de divorciados o las uniones polígamas. El documento afirma inequívocamente que “la Iglesia no tiene el poder de impartir la bendición a uniones entre personas del mismo sexo”. (5) Esto se repite aún más al confirmar el Responsum de 2021 que las uniones entre personas del mismo sexo no podrían ser bendecidas porque la Iglesia no puede bendecir el pecado: “Por ello, dado que la Iglesia siempre ha considerado moralmente lícitas sólo las relaciones sexuales que se viven dentro del matrimonio, no tiene potestad para conferir su bendición litúrgica cuando ésta, de alguna manera, puede ofrecer una forma de legitimidad moral a una unión que presume de ser un matrimonio o a una práctica sexual extramatrimonial”. (11) Las bendiciones litúrgicas pueden ser para la unión de un hombre y una mujer en matrimonio. Las bendiciones generales fuera de la liturgia son sólo para personas, lugares o cosas, pero no para un vínculo de alianza de una unión que está reservada para el matrimonio. Esto significa que las parejas del mismo sexo pueden ser bendecidas como personas, pero su unión no, porque va en contra del plan y la voluntad de Dios para su bien.

La Declaración da algunas indicaciones sobre esta simple bendición. Las bendiciones de quienes viven en uniones irregulares han de ser para las personas y han de ser “espontáneas”, “breves” y “simples”. No deben tener ninguna ceremonia o “ritual para las bendiciones de parejas en una situación irregular”. (38) Las bendiciones “nunca se realizarán al mismo tiempo que los ritos civiles de unión, ni tampoco en conexión con ellos. Ni siquiera con las vestimentas, gestos o palabras propias de un matrimonio. Esto mismo se aplica cuando la bendición es solicitada por una pareja del mismo sexo”. (39)

La Declaración corresponde al deseo del Papa Francisco de cambiar el enfoque y el tono pastoral de la Iglesia, no su Tradición ni sus doctrinas.  Su enfoque es el “punto de vista pastoral” y la “praxis pastoral” y abrazar a los pecadores con misericordia y amor, pero no declara que no hay pecado. El enfoque principal es que aquellos que buscan una bendición están haciendo una petición, por necesidad y debilidad, por la ayuda de Dios. “Quien pide una bendición se muestra necesitado de la presencia salvífica de Dios en su historia, y quien pide una bendición a la Iglesia reconoce a esta última como sacramento de la salvación que Dios ofrece”. (20) Quién puede negar la bendición si quien la pide está expresando “un pedido de auxilio a Dios, un ruego para poder vivir mejor, una confianza en un Padre que puede ayudarnos a vivir mejor”. (21)

En efecto, dicha bendición abre la puerta a la gracia transformadora (cf. 25), puede ayudar a quien la recibe a comprender mejor la verdadera voluntad de Dios para su vida (cf. 32, 40). Este relato de la bendición como petición y búsqueda de Dios concuerda con el testimonio bíblico y la Tradición de la Iglesia. En efecto, responder con generosidad a tales peticiones es una adecuada invitación de nuestro Santo Padre: su llamada a la “caridad pastoral”. (13)

Esta caridad pastoral confía en la misericordia de Dios. Hoy, con demasiada frecuencia, hay una misericordia barata que abraza al pecador y no dice nada sobre el problema de su pecado. La caridad pastoral exige que amemos y soportemos pacientemente al pecador, pero también exige que le amemos tanto que no le dejemos esclavizado al pecado e ignorante de su amenaza siempre presente para la salvación. La Iglesia lo ha hecho efectivamente durante dos mil años. En este sentido, la Declaración afirma claramente que estas bendiciones no son para quienes desean sancionar o legitimar su unión (cf. 34, 40). Cualquier aplicación pastoral prudente del enfoque de la Fiducia Supplicans debería darse cuenta de que algunas parejas del mismo sexo buscan una confirmación de sus opciones. El ministro de la bendición debe comprobar si la intención de la pareja es clara y si están dispuestos “abrir la propia vida a Dios, pedir su ayuda para vivir mejor e invocar también al Espíritu Santo para que se vivan con mayor fidelidad los valores del Evangelio”. (40) Debemos tener fe pastoral en la misericordia de Dios para dar a los interpelados la verdad y la comprensión de que Dios ama al pecador, pero rechaza el pecado y da la gracia de la conversión. San Agustín da testimonio de la misericordia de Dios, que tanto condenó su conciencia, que le llevó a la redención y a la salvación. El desafío más grave para quien vive en pecado es engañarse a sí mismo sobre el propio pecado.  San Ambrosio acompañó a Agustín con caridad pastoral, pero esa caridad no ocultaba la verdad e incluía una llamada a la conversión.

Dado que dar una simple bendición a una pareja del mismo sexo es una cuestión pastoral, corresponde a cada obispo usar su “poder de discernimiento” para decidir lo que es posible y lo que es mejor “en ese lugar tan concreto que él conoce más que otros porque es su rebaño” (DDF, Nota de prensa sobre la recepción de Fiducia Supplicans, 4 de enero de 2024). Sin embargo, debemos atender a la llamada del Papa Francisco de la que se hace eco la Fiducia Supplicans para reflejar la actitud de nuestro Dios que ama mostrar misericordia y derramar sus bendiciones.

 

Comisión Teológica y Canónica de CHARIS

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