Preguntas y respuestas 

Comisión Doctrinal – International Catholic Charismatic Renewal Services

Anno 2010

 
 

Para responder a esta pregunta consideremos el caso de María, la Madre de Jesús, que estaba con los discípulos en Jerusalén, orando “con un mismo espíritu” para la venida del Espíritu en Pentecostés (Hch 1, 14). En una catequesis sobre este pasaje (el 28 de mayo de 1997), el Papa Juan Pablo II, hizo notar que el Espíritu Santo ya había descendido sobre María muchos años antes, en la Anunciación, ocasionando su divina maternidad. Habiendo ya experimentado el don del Espíritu, ahora en la estancia superior “estaba en condiciones de apreciar [este don] más que cualquier otra persona”. En efecto, su experiencia hasta ese momento “la hacían desear fervorosamente la venida del Espíritu”. Así, dijo el Papa, ella oró en “profunda comunión con los Apóstoles (y los otros) por el don del Espíritu para ella misma y para la comunidad”. ¿Por qué iba a necesitar el don del Espíritu para ella, si ya estaba llena del Espíritu? Primero, dice el Papa, “era adecuado que la primera efusión del Espíritu sobre ella… fuera repetida y reforzada.” En segundo lugar, algunas semanas antes, a los pies de la cruz, María había recibido una nueva misión: ser la Madre de todos los discípulos de Jesús — y esta nueva misión pedía un don renovado del Espíritu.

Las referencias de Juan Pablo II a María en la Estancia Superior, nos proporcionan una base que nos puede ayudar a reflexionar sobre lo que se podrían llamar bautismos en el Espíritu adicionales.

 

María podía apreciar el don más que nadie

Muchas personas que están bautizadas en el Espíritu Santo pueden dar testimonio de un encuentro singular e irrepetible con el Espíritu, uno que vuelve su propia vida en un “antes” y un “después”. En este sentido es un acontecimiento singular, como Pentecostés en la Iglesia primitiva. Sin embargo, esto no excluye la posibilidad de venidas renovadas del Espíritu, como también ocurrió en la Iglesia primitiva (Hch 4, 31). Por analogía, podemos imaginar que toda la perspectiva de la Santísima Madre en la Estancia Superior, estaba muy condicionada por el bautismo que recibió cuando el Espíritu vino sobre ella cuando era una jovencita en Nazaret, y por el fruto causado por el Espíritu, (¡Jesús!) que iluminó toda su vida. Claramente, la Anunciación fue la mayor efusión del Espíritu de todos los tiempos. Sin embargo es precisamente desde esa profunda apreciación de esta experiencia personal, que María ora “con fervoroso deseo” para que venga el Espíritu en otro episodio histórico: Pentecostés. Cualquiera que haya sido bautizado en el Espíritu Santo está preparado por una experiencia personal para apreciar la absoluta necesidad y espera gozosa del Espíritu para que suceda el siguiente paso en su vida.

 

María tenía un deseo fervoroso de lo que vendría después

El Bautismo en el Espíritu aumenta de tal modo el deseo de una persona por Dios que nuevas “búsquedas, peticiones y llamadas” se vuelven un acompañamiento normal a la vida en el Espíritu. El profeta Isaías expresó este patrón de necesidad cuando dijo: “Mañana tras mañana despierta mi oído para escuchar” (Is 50, 4). Los deseos que el Espíritu hace surgir en nosotros no se ven defraudados, porque “el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, …según Dios” (Rom 8, 27), de modo que podemos efectivamente contar con los recursos de Dios para realizar su plan.

Jesús también se refiere a una dinámica como ésta dentro de El mismo, cuando les dice a sus discípulos en el pozo de Samaria, “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”. (Juan 4, 34). El ministerio y la vida de Jesús dependían del poder del Espíritu, que descansaba en Él como una unción plena y continua. Cuando el Espíritu cultiva en nosotros un ardiente deseo de “llevar a cabo la obra de Dios”, requiere ayuda divina de maneras que no podemos predecir: procediendo desde lo más profundo del misterio de Dios. Necesitamos el poder de Dios para hacer la obra de Dios, y ese poder es el Espíritu Santo derramado. Que este poder asombroso venga continuamente o en estallidos o trozos o corrientes a lo largo de nuestras vidas, es algo que al final le “incumbe a Dios” de quien nadie conoce “sino el Espíritu de Dios” (1 Co 2, 11).

 

María estaba preocupada de los frutos futuros

La voluntad de Dios es que nuestra vida en el Espíritu sea inmensamente fructífera, dando el tipo divino de fruto que “permanece” (Juan 15, 1-17). El único medio de dar frutos en este mundo, sin embargo, es la presencia permanente del Espíritu Santo, actuando desde dentro. El modo ideal de expresar nuestro deseo de dar fruto según la voluntad de Dios es por lo tanto una apertura constante al Espíritu Santo. Antes de Pentecostés, Jesús mismo les había dicho a sus discípulos que esperaran al Espíritu que vendría sobre ellos con poder (Hch 1, 8). La Virgen Madre estaba con ellos, y como dice Juan Pablo II, condujo a los demás a una oración devota de esperanza, anticipando lo fructífero de su siguiente misión: la que hoy en día continúa. Que todos nosotros que seguimos orando como ella hizo, nunca dudemos de la voluntad de Dios de proporcionarnos el don de su Espíritu en cualquier momento de reanimación que sea necesario, ya que “da el Espíritu sin medida” (Jn 3, 34).