La dimensión ecuménica de CHARIS es probablemente uno de los 2 o 3 puntos de insistencia de los Estatutos.
Estos reconocen que la RCC es parte de una corriente de gracia más amplia, que comenzó en otras confesiones cristianas: “Lo que conocemos hoy como Renovación Carismática Católica (RCC) es parte de una corriente ecuménica de gracia.” (Estatutos de CHARIS, primera frase).
Por esta razón uno de los principales propósitos de CHARIS es trabajar por la unidad de los cristianos, la unidad del Cuerpo de Cristo. Incluso, es la segunda finalidad expuesta por los Estatutos, justo después de presentar la misión para promover la corriente de gracia misma y la comunión entre sus miembros. “Reconociendo que la Renovación Carismática Católica es parte de una corriente ecuménica de gracia, CHARIS es un instrumento que promueve y trabaja por la unidad en el cuerpo de Cristo, como expresa la oración de Jesucristo (Jn 17)” (Estatutos de CHARIS, Finalidades, §2).
Reflexionemos en por qué y cómo.
1. La Renovación Carismática nace ecuménica y es parte del plan de Dios por la unidad
Es fundamental reconocer que la RCC es una corriente de gracia que “nace ecuménica”. Esta es una expresión del Papa Francisco, quien insistió en este punto hace dos años en el Circo Máximo por el 50 aniversario de la RCC: “Estamos…. celebrando… una corriente de gracia, la corriente de gracia de la Renovación Carismática Católica. Obra que nació… ¿católica? No. Nació ecuménica. Nació ecuménica porque el Espíritu Santo es el que crea la unidad, y es el mismo Espíritu Santo el que inspiró que fuera así.” La relación con otros cristianos y la llamada a la unidad de los cristianos es parte de nuestro ADN.
Este es un hecho histórico: sabemos que el grupo de católicos de la Universidad de Duquesne que recibieron el Bautismo en el Espíritu Santo en 1967, habían estado orando y leyendo la Biblia con protestantes durante el año anterior. De hecho, la RCC procede y nace en una corriente que comenzó con las comunidades pentecostales y se extendió primero entre las iglesias y comunidades eclesiales del mundo protestante. Esta es una de las razones primeras por lo que estamos llamados a poner la unidad de los cristianos en el corazón de la existencia y misión de CHARIS. Es una cuestión de gratitud: hemos recibido este don de Dios a través de otros. ¿Quién toma un regalo y sale corriendo con él, cortando toda relación con la persona que le ha dado el regalo? Es una cuestión de humildad. Repito, hemos recibido este don de otros… ¿No es molesto cuando tienes una idea excelente que comentas en voz alta tomando una bebida con un amigo, y este “amigo” se la presenta a tu jefe como si fuera su idea genial? En las Universidades existe una regla muy estricta y sanciones contra el plagio… Al final, es una cuestión de cortesía/decencia (buena educación).
Sin embargo, existe una razón espiritual más profunda. Dios escoge los dones que nos va a dar, pero Él también elige la manera en que los da. Si nos ha dado este don a través de otros cristianos, significa algo y necesitamos discernir lo que nos está diciendo. ¿Qué nos está diciendo? Es bastante simple: “Te doy este don a través de otros porque es un don que unifica, es un don de unidad”. El Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, es la persona que nos pone en comunión con Dios y con otros. Él es el Espíritu de amor, de comunión, de unidad. Dios nos ha bendecido con una efusión renovada del Espíritu para renovar la Iglesia, y parte de esta renovación es la unidad de todos los cristianos. La corriente de gracia de la que somos parte desborda las fronteras y los muros de división de nuestras Iglesias y comunidades, precisamente para derribar estos muros y superar estas fronteras.
El P. Raniero Cantalamessa insistió en este punto, también en la Vigilia de Pentecostés hace dos años: “Dios ha derramado Su Santo Espíritu sobre millones de creyentes que pertenecen a casi todas las confesiones cristianas, a menos que exista alguna duda sobre sus intenciones, ha derramado Su Espíritu con manifestaciones idénticas, incluyendo la más singular la de hablar en lenguas”. El P. Raniero explica que podemos sacar la misma conclusión que Pedro cuando estaba frente a Cornelio y su familia quienes habían recibido el Espíritu Santo aunque no eran judíos como los Apóstoles (Hechos 11): “Si Dios entonces les ha dado el mismo don que nos dio a nosotros, ¿quiénes somos nosotros para seguir diciendo que otros creyentes cristianos no pertenecen al cuerpo de Cristo y no son verdaderos discípulos?”
No solo han recibido el mismo don, de la misma manera, y lo han compartido con nosotros. Otro punto en común nos hace acercarnos más en estos tiempos actuales. Los cristianos son perseguidos por todo el mundo: se dice que el cristianismo es la religión más perseguida, en cifras absolutas, hoy. Ahora bien estos no son solo católicos, ortodoxos, o protestantes. Estamos ya juntos en lo que los Papas han llamado un “ecumenismo de sangre”. Dejadme que cite al Papa Francisco: “Luego está el ecumenismo de la sangre, cuando matan a los cristianos; tenemos tantos mártires, empezando por los de Uganda, canonizados hace 50 años: la mitad eran anglicanos, otra mitad católicos; pero aquellos [que los mataron] no decían: «Tú eres católico… Tú eres anglicano…». No: «Tú eres cristiano», y la sangre se mezcla. Este es el ecumenismo de la sangre.” (Conferencia de prensa de Su Santidad el Papa Francisco en el vuelo de regreso de Estambul a Roma, domingo, 30 de noviembre de 2014).
Unidad de los cristianos, llevando la corriente de gracia juntos, dando testimonio juntos, a veces “hasta la sangre”: ésta es una responsabilidad increíble. Es nuestra alegría tener aquí con nosotros hermanos y hermanas de otras Iglesias y comunidades eclesiales.
2. Unas pocas palabras sobre el “movimiento ecuménico”
Más o menos al mismo tiempo que el Espíritu Santo inició las primeras manifestaciones de la corriente de gracia de la Renovación en las comunidades pentecostales, a principios del siglo XX, el Espíritu también inspiró a las diferentes confesiones cristianas a anhelar y esforzarse de una manera nueva por la unidad cristiana. Esto es lo que llamamos el “movimiento ecuménico”. Comenzó también fuera de la Iglesia Católica pero, como con la corriente de gracia de la Renovación, fue también reconocido por la Iglesia Católica como “impulsado por el Espíritu Santo” (Unitatis redintegratio 1) – este reconocimiento sucedió durante el Concilio Vaticano Segundo. Es bueno aprender a reconocer el “sonido” particular del viento/de la brisa del Espíritu, que es el sonido de la unidad.
¿Qué es el “movimiento ecuménico”? La Iglesia siempre ha rezado y trabajado por su unidad: ya lo vemos en las exhortaciones de Pablo en su Primera Carta a los Corintios y a los largo de toda la historia de la Iglesia. Pero ha tomado una forma especial en el siglo XX. En Escocia, en 1910, en un congreso de misioneros protestantes, los representantes de los países meridionales expresaron su gratitud por el Evangelio que les había sido predicado, pero al mismo tiempo lamentaron las divisiones que se habían exportado con el Evangelio: “¿Por qué nos habéis predicado el amor y nos habéis traído divisiones?…” Comenzó en ese momento un gran deseo por la unidad y un compromiso mundial para hacer todo lo posible por llevarlo a cabo, y la Iglesia Católica le dio un gran impulso cuando comenzó a ser parte de ello.
¿Qué hace especial a este movimiento de unidad?
1) Primero, el reconocimiento de que nuestras divisiones no son exclusivamente la culpa del “otro” que nos ha dejado. La investigación histórica objetiva mostró que, como es el caso con muchas divisiones y tensiones, entre individuos, en una familia, entre naciones, la culpa de la división y el rechazo nunca está al 100% en un lado.
2) Segundo, el movimiento ecuménico no intenta conseguir la unidad trayendo a individuos para cambiar Iglesias sino uniendo a Iglesias y comunidades eclesiales. De esta manera, muchas Iglesias protestantes que estaban divididas se han unido oficialmente; esperamos que lo mismo sea posible un día con las divisiones más profundas entre católicos, ortodoxos, protestantes. Existe la profunda convicción de que cuanto más cerca de Jesús estén cada una de nuestras Iglesias y comunidades eclesiales, más cerca estarán unas de otras, hasta que un día sean una.
3) Tercero, no concierne solo a los pastores y líderes, sino que como dijo el Concilio: “exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, cooperen diligentemente” (UR 4). Ha habido muchos intentos por parte de la jerarquía de la Iglesia para reconstruir la unidad durante la historia de la Iglesia, pero ahora la diferencia es que es para todos.
4) Por supuesto, todavía tenemos diferencias en nuestras creencias. La unidad nunca sucederá a costa de la verdad. Sin embargo, también nos damos cuenta de todo lo que tenemos en común, que son los elementos centrales de la fe de cada Iglesia: la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu; en Jesucristo, Señor y Salvador; las Escrituras, en las que todo esto es revelado; la esperanza compartida en la vida eterna; el compromiso compartido de evangelizar; el amor por el Cuerpo de Cristo, la Iglesia… Y nos damos cuenta, cuando llegamos a tener contacto con otras confesiones, cómo el poner juntas distintas perspectivas de hechos nos da una mejor comprensión de la fe. Los católicos han sido inspirados para leer y amar la Biblia en contacto con los protestantes, y para leer a los Padres de la Iglesia a través de contactos con los ortodoxos. Aquí podemos repetir que hemos recibido la corriente de gracia a través de contactos con cristianos pentecostales y evangélicos. Y otros han aprendido a apreciar la Eucaristía y a buscar la unidad visible en contacto con católicos. Qué tesoro nos habríamos perdido si no hubiéramos creído que deberíamos acercarnos más y que podíamos aprender unos de los otros.
5) Una nota casi final. Es realmente una cuestión de amor. El P. Raniero dice esto, por ejemplo en Pentecostés de 2017: Cristo no nos mandó que amáramos sólo a los que piensan como nosotros. Si amamos sólo a aquellos con los que estamos de acuerdo, ¿qué hay de especial en eso, ya que los paganos hacen lo mismo? (cf. Mt 5, 46)… He visto ejemplos de este amor, de profunda comprensión. En la fiesta de la Inmaculada Concepción una miembro de una Iglesia evangélica estaba presentando el día. Un sacerdote católico más mayor, que había sido formado en los 60-70 se levantó y explicó que para él la Inmaculada Concepción era ¡superstición! ¿Qué hizo la evangélica? Ella explicó el profundo significado del dogma católico de una manera mejor que cualquier católico que yo hubiera escuchado hasta entonces. Ella me contó que no creía que fuera verdad, pero que había intentado entenderlo como lo debería hacer un católico: ¡y había hecho un trabajo excelente!
6) Una nota final: necesitamos siempre recordar que solo Dios puede dar unidad a la Iglesia. Y esto es exactamente lo que Él está haciendo a través del don del Espíritu. Nosotros, en la RC, estamos en el centro de este trabajo de unidad que Dios ha estado obrando, y estamos llamados a ser conscientes de esto y a entrar en la obra de Dios.
3. El poder de la oración común y del testimonio común
¿Cómo deberíamos recuperar esta herencia, esta parte de nuestro ADN? ¿Y cuáles son los frutos de la unidad? Enfatizaré solo dos aspectos.
El primer paso del ecumenismo es la oración común. ¡La oración es poderosa! La oración común es todavía más poderosa. Jesús dijo que cuando dos o tres están reunidos en su nombre, Él estará en medio de ellos (ver Mt 18, 19-20): “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos”. Esto es verdad, desde luego, a nivel individual. Es verdad en una pareja: cuando una pareja se pone de acuerdo en algo, cuando una pareja acuerda pedirle a Dios lo mismo, ¿cómo se va a resistir Él?… Es verdad entre generaciones: cuando jóvenes y viejos, niños y sus padres, nietos y abuelos, oran juntos, Jesús es feliz. Cuando las personas de distintas naciones oran juntos, especialmente naciones que se han peleado o que están peleando, qué poderoso será eso. Y cuando cristianos de diferentes confesiones, que a veces se han peleado a muerte, oran juntos, qué fuente de bendición. Nuestra oración, aquí en estos días, agrada a Dios de una manera extraordinaria y es, desde luego, extremadamente poderosa.
Otra dimensión de la vida cristiana que recibe un poder tremendo al estar unidos entre cristianos es dar testimonio del Evangelio. “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13, 35). Nuestra falta de unidad es un gran obstáculo para la evangelización. Probablemente no podemos imaginar cómo sería el mundo ahora, cuántos más cristianos habría, cuanto más amor y unidad habría, si no hubiéramos estado divididos durante siglos. Recuerdo evangelizar en las calles con un grupo mixto de católicos y protestantes. Estábamos dando folletos para un concierto de música cristiana, y en el folleto estabalafrase:“Juntos,católicos y protestantes, anunciamos a Jesucristo”. Las personas a menudo se negaban a llevarse el folleto, o se cambiaban de acera cuando nos veían de lejos, pero los que llegaban a mirar el folleto reaccionaban siempre igual: “¿Qué, católicos y protestantes juntos?” No reaccionaban por lo de “anunciamos a Jesucristo”, sino por lo de católicos y protestantes juntos. Y nos preguntaban cómo era posible, y por qué lo hacíamos. Estaban intrigados e impresionados. Hubo frutos preciosos.
Por supuesto, uno puede tener miedo de evangelizar con alguien de otra comunidad eclesial. ¿Qué pasa si las personas con las que hablamos entran en otra confesión? He tenido experiencias que me han obligado a reflexionar sobre esto. Me pidieron que predicara un domingo en una catedral anglicana, y el sacerdote cuando me presentó, olvidó decir que yo era católico. Al final de la celebración las personas venían a hablar conmigo. Había una pareja joven que se presentaron: él era anglicano, ella era católica. Me contaron que a veces iban a la catedral anglicana y a veces a la católica, y que no sabían cual elegir. Y luego dijeron: “Su sermón fue buenísimo. Nos ha ayudado a escoger. Vendremos aquí… ¡a la catedral anglicana!” Con delicadeza les dije que si eran una pareja mixta era mejor probablemente que siguieran yendo a las dos
De todos modos, la Iglesia Católica sí que da indicaciones sobre tales cuestiones. El ‘Directorio para la aplicación de los principios y normas sobre el ecumenismo’ (1993), insiste en que “la colaboración ecuménica” es un gran signo para el mundo, un signo de que la fe en Jesucristo es más importante y más poderosa que nuestras divisiones. Y luego añade: “Los católicos desearían grandemente que todos los llamados a la fe cristiana se unan a ellos en esa plenitud de comunión que, según su fe, existe en la Iglesia católica, y, sin embargo, reconocen que algunos pasarán, en Providencia de Dios, toda su vida cristiana en Iglesias o Comunidades eclesiales que no aseguran esta plenitud.” (PCPUC, Directorio…, n° 206)
4. La reconciliación y el arrepentimiento en la Iglesia Católica y en la Renovación Carismática
Hasta ahora, he hablado sobre ecumenismo, sobre la unidad de todos los cristianos. Sin embargo, la llamada por la unidad que se nos dirige no sólo concierne a las relaciones entre la Iglesia Católica y otros cristianos. Concierne a la misma Iglesia Católica. Ella también necesita comunión y paz. Entre “carismáticos” y “no carismáticos”, entre grupos en una parroquia, entre las distintas concepciones de la liturgia, entre la diferentes ideas de lo que eselcentrodelafe,deloque puede o debería cambiar o no. Y existen tantas luchas de poder, o luchas para no perder el poder, o no perder un cargo. En esta situación, ¿cómo podemos ser un “sacramento”, un signo y un instrumento de la unidad de Dios para el mundo, como se define a la Iglesia en el Concilio Vaticano Segundo? ¿Cómo podemos ser un signo del amor de Dios?
Esto por desgracia es verdad dentro de la corriente de gracia de la RC. No quiero ser demasiado simplista, pero creo que podemos decir que comenzamos en los 60 como una corriente preciosa con una sensación de un tesoro común y un objetivo común, un gran arroyo o río. Pero ya en los 80 nos dividieron muchas divergencias y luchas y el río se convirtió en docenas y cientos de arroyos que apenas se tocaban. Hace dos años la RCC celebró sus 50 años, su Jubileo. CHARIS es un primer fruto del Jubileo. Sin embargo, debemos recordar que en la tradición judía no es solo un momento de acción de gracias. Es un momento de arrepentimiento: miramos hacia atrás y vemos nuestros pecados. Nos arrepentimos y les pedimos perdón a aquellos que hemos herido y perdonamos a los que nos han herido.
El arrepentimiento y el perdón son primordiales para la unidad de los cristianos, la unidad de la Iglesia Católica, la unidad de la corriente de gracia de la Renovación. El arrepentimiento y el perdón son un don del Espíritu Santo. El Espíritu nos convence de nuestros pecados, Su luz nos muestra tanto el amor de Dios como nuestro pecado. ¿Cuántos de nosotros aquí hemos tenido esta experiencia de “conversión”, de arrepentimiento profundo por nuestros pecados que ha cambiado nuestras vidas? Esto es lo que estamos llamados a vivir también a un nivel eclesial. Arrepentimiento por las divisiones entre nuestras iglesias y en nuestras iglesias. La división no es la voluntad de Dios: procede de cervices humanas duras y corazones pecadores.
5. Agradecimiento a Dios por la presencia de judíos mesiánicos
Hasta ahora, he hablado solo sobre la unidad entre cristianos, entre las confesiones cristianas clásicas: católicos, ortodoxos, protestantes, anglicanos, evangélicos, pentecostales. Pero, nos vemos honrados por la presencia entre nosotros de otros creyentes en Jesús. Agradezco a Dios por permitirnos compartir este momento con hermanos y hermanas que son judíos mesiánicos. El judaísmo mesiánico es una corriente que históricamente es paralela a la RCC: también comenzó en los 60-70, y ha crecido con sus altibajos desde entonces. Muchas comunidades mesiánicas son carismáticas, muchas están dedicadas a extender el Evangelio e introducir a otros a una relación personal y viva con Dios.
Los judíos mesiánicos son judíos que tienen la convicción de que el Nuevo Testamento es la Palabra de Dios revelada y Jesús – Yeshuah, en hebreo – es el Mesías, el Hijo de Dios. Son discípulos judíos de Yeshuah. No entran en una iglesia histórica, a menudo porque es demasiado difícil para ellos el ser parte de una institución que ha contribuido a su sufrimiento y persecución a lo largo de los siglos. También piensan que entrar en una Iglesia no les permitirá mantener una identidad judía.
Son para nosotros un signo del primer período de la Iglesia: María, Pedro, los apóstoles y todos los primeros cristianos eran judíos, y no sentían que abandonaban al pueblo judío y su alianza con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob cuando comenzaron a seguir a Yeshuah el Mesías. Siguieron yendo al Templo y a la sinagoga, siguieron las observancias y oraciones dadas por Dios al pueblo de Israel. La Iglesia primitiva estaba compuesto exclusivamente por judeocristianos y los judíos mesiánicos son una manera para que el Cuerpo de Cristo recupere sus raíces. Son una pregunta viva a la Iglesia de hoy: ¿qué ha pasado con la “Iglesia de la Circuncisión” entre nosotros? ¿Qué ha pasado con los judíos creyentes en Jesús? ¿Les hemos permitido ser ellos mismos, orar y vivir según sus costumbres dadas por Dios a ellos como judíos, y desempeñar su papel?
Pero, no son solo nuestro pasado, por así decirlo son nuestro futuro. Son un signo escatológico. En la Carta a los Romanos, Pablo profetiza la plenitud de los tiempos, cuando “todo Israel” se salve (Rm 11, 26). Que los miembros del primer pueblo de Dios descubran a su manera al Mesías, es un signo de que el Mesías está cerca. La RC siempre ha tenido una dimensión escatológica: la efusión del Espíritu Santo se anuncia en el libro de Joel como un signo de la plenitud de los tiempos, Pentecostés es el signo de que con Cristo el mundo ha entrado en la “plenitud de los tiempos” (Gal 4, 4). Cada efusión renovada del Espíritu Santo es una invitación a recordar que esto es una dimensión integral de nuestra fe. Los cristianos se centran a menudo en el pasado – la historia de Israel y de Cristo – y el presente, el tiempo en el que viven. Pero esto es incompleto. La fe cristiana y la salvación misma están olvidando una dimensión primordial si no se centran también en la segunda venida de Cristo. Las promesas de Dios son que todo sufrimiento, injusticia, guerras, y la misma muerte serán vencidas un día.
Padre Etienne Vetö
Miembro del Servicio Internacional de Comunión
Conferencia de Líderes , 6 de junio de 2019




