Preguntas y respuestas 

Comisión Doctrinal – International Catholic Charismatic Renewal Services

Anno 2013

 
 

Los carismas son gracias especiales distribuidas por el Espíritu Santo para que los cristianos sean canales poderosos del amor de Dios y de su presencia en el mundo. Sean extraordinarios u ordinarios, los carismas tienen que ponerse al servicio de la edificación del cuerpo de Cristo (CIC 2003). «Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común» (1 Co 12,7). A diferencia de los dones santificantes, los carismas son dados de diferentes maneras a distintos miembros de la Iglesia. Son dones para ser repartidos, manera en la que la bondad de Dios alcanza a nuestro prójimo a través nuestro.

En la historia reciente de la Iglesia, antes del Concilio Vaticano II, los carismas fueron descuidados. El P. Raniero Cantalamessa dice que «los carismas no desaparecieron del todo de la vida de la Iglesia sino de la teología». La Renovación Carismática ha contribuido a volver a descubrir los carismas como parte de la vida cristiana.

Los carismas son especialmente cruciales para la evangelización. Jesús mismo comenzó su ministerio carismático después de quedar lleno del Espíritu en su bautismo. «Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto», y venció al tentador. Luego «volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu» (Lc 4,1-14; véase Hch 10,38).

Jesús le dijo a sus apóstoles que antes de comenzar su misión hasta los confines de la tierra, debían esperar hasta que fueran «revestidos de poder desde lo alto» (Lc 24,49). La evangelización es obra del Espíritu Santo, que les faculta y confirma su mensaje con los carismas que les acompañaban, signos y prodigios (Mc 16,20).

 

El bautismo contiene la semilla de los carismas

Veamos lo que la Escritura nos cuenta sobre recibir los carismas. Después de que el Espíritu Santo se derramara en Pentecostés, con el don de lenguas y la alabanza desbordante a Dios, Pedro se levantó y explicó a la multitud reunida cómo ellos también podían recibir el mismo Espíritu: «Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Esto significa que los carismas están enraizados en última instancia en el bautismo. Pablo, asimismo, señala el bautismo como la fuente de los carismas: «Pues todos nosotos… hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu» (1 Co 12,13).

Más tarde en Hechos, cuando un grupo de recién bautizados no manifestaba ningún carisma, los apóstoles reconocieron que se necesitaba algo más para la plena efusión del Espíritu. De modo que fueron e impusieron sus manos sobre los recién bautizados, que entonces recibieron el Espíritu con una manifestación visible de carismas (Hch 8,17). La Iglesia reconoce esta imposición de manos como el origen del sacramento de la confirmación, «el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés» (CIC 1288).

Así el bautismo y la confirmación son un auténtico «bautismo en Espíritu Santo y fuego». Estos sacramentos confieren el Espíritu Santo y la gracia santificante de Jesucristo. Cuando los candidatos están bien preparados por el anuncio del kerigma y una enseñanza sólida sobre los dones del Espíritu, a menudo manifiestan rápidamente dones tales como la profecía y hablar en lenguas.

En muchos casos, sin embargo, los efectos plenos de los sacramentos aparecen solo más tarde, cuando se ora por una persona pidiendo el bautismo en el Espíritu Santo. Cuando se pone un azucarillo en una taza de leche, no se puede saborear la dulzura hasta que se agita la leche. La oración por el bautismo en el Espíritu no es un nuevo sacramento sino un canal que aviva lo que se recibió en los sacramentos. No deberíamos concluir que una persona bautizada no puede manifestar ningún carisma hasta que hayan orado para que reciban el bautismo en el Espíritu.

Al abrirnos al Espíritu Santo con docilidad, humildad y amor, los carismas emergen completamente. Entonces descubrimos que nuestras obras de servicio, oración, evangelización o enseñanza tienen un nuevo poder para tocar corazones, iluminar la inteligencia, conducir a la conversión y sanar.

 

Carismas, habilidades y falsos dones

Los carismas del Espíritu Santo son sobrenaturales. Son distintos de los talentos naturales o las habilidades aprendidas. Los carismas pueden, sin embargo, ser injertados en un don innato como la enseñanza o la música y puestos al servicio eficaz por el Reino de Dios.

Pablo enseña que se requiere discernimiento para el ejercicio adecuado de los carismas. «No apaguen el Espíritu, no desprecien las profecías. Examínenlo todo; quédense con lo bueno. Guárdense de toda clase de mal» (1 Ts 5,19-22). Los dones falsos son falsificaciones peligrosas de los verdaderos carismas, que pueden ser manifestados por personas que actúan bajo la influencia de Satanás. Jesús advirtió: «Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado los demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”. Entonces yo les declararé: “Nunca los he conocido. Aléjense de mí, los que obran la iniquidad”» (Mt 7, 22-23).

No debemos olvidar que no poseemos los carismas. Pueden perderse si dejamos de actuar bajo la gracia del Espíritu Santo, edificando la Iglesia en humildad y amor.