Primer Sermón de Adviento 2023

Juan Bautista, el moralista y el profeta

P. Raniero Card. Cantalamessa, O.F.M.Cap.

 

Hay una progresión en la liturgia del Adviento. En la primera semana, el personaje destacado es el profeta Isaías, quien anuncia desde lejos la venida del Salvador; el segundo y tercer domingo el guía es Juan Bautista, el precursor; en la cuarta semana, toda la atención se concentra en María. Teniendo solo dos meditaciones disponibles este año, pensé en dedicarlas a ellos dos: el Precursor y la Madre. En el iconostasio de los hermanos ortodoxos, los dos están uno a la derecha y el otro a la izquierda de Cristo y a menudo se representan como dos “ujieres” a cada lado de la puerta que conduce al recinto sagrado.

Juan Bautista, predicador de conversión

En los Evangelios, el Precursor se nos aparece en dos roles diferentes: el de predicador de conversión y el de profeta. Dedico la primera parte de la reflexión a Juan el moralista, la segunda a Juan el profeta.

Algunos versículos del Evangelio de Lucas son suficientes para darnos una idea de la predicación del Bautista:

A los que venían para ser bautizados les decía: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión… La gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos hacer?». Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?». Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido». Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga». (Lc 3, 7-14).

El Evangelio nos permite ver lo que distingue, a este respecto, la predicación del Bautista de la de Jesús. El salto de calidad lo expresa del modo más claro el mismo Jesús: “La Ley y los Profetas llegan hasta Juan; desde entonces se anuncia la buena noticia del reino de Dios y todos se esfuerzan por entrar en él” (Lc 16,16). Debemos guardarnos de los contrastes simplistas entre Ley y Evangelio. Inmediatamente después de la afirmación que acabamos de citar, Jesús (o, más probablemente, el propio evangelista) añade: “Es más fácil que pasen el cielo y la tierra que no que caiga un ápice de la ley” (Lc 16, 17). El Evangelio no anula la ley, es decir, concretamente, los mandamientos de Dios; pero inaugura una relación nueva y diferente con ellos, una nueva forma de observarlos.

Lo nuevo es el orden entre el mandamiento y el don, es decir, entre la ley y la gracia. En la base de la predicación del Bautista está la afirmación: “¡Arrepentíos y así llegará a vosotros el reino de Dios!”. En la base de la predicación de Jesús está la afirmación: “¡Arrepentíos porque el reino de Dios ha llegado a vosotros!” (Recordemos la afirmación de Jesús recién citada: “La Ley y los Profetas hasta Juan: desde entonces el reino de Dios es anunciado y todos se esfuerzan por entrar en él”).

No se trata sólo de una diferencia cronológica, como entre un antes y un después; es también una diferencia de calidad, es decir, una diferencia de valor. Quiere decir que no es la observancia de los mandamientos lo que permite que venga el reino de Dios; pero es la venida del reino de Dios lo que permite la observancia de los mandamientos. Los hombres no cambiaron repentinamente y se volvieron mejores para que el Reino pudiera venir a la tierra. No, son los mismos de siempre, pero es Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, dándoles así la posibilidad de cambiar y vivir una vida nueva.

“La ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo” (Jn 1,17). Amar a Dios con todo el corazón es “el primer y mayor mandamiento”; pero el orden de los mandamientos no es el primer orden, ni el primer nivel: por encima está el orden del don: “Nosotros amamos porque él nos amó primero” (1 Juan 4,19).

Es interesante ver cómo esta novedad de Cristo se refleja en la diferente actitud del Bautista y de Jesús hacia los “pecadores”. Juan, hemos oído, ataca a los pecadores que acuden a él con palabras de fuego. Es el mismo Jesús quien señala la diferencia, a este respecto, entre él y el Precursor: “Vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores’” (Mt 11, 18-19, cf. Lucas 7, 34). “¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?”, decían los fariseos a sus discípulos (Mt 9,11).

Jesús no espera a que los pecadores cambien de vida para poder acogerlos; pero él los acoge y esto lleva a los pecadores a cambiar de vida. Los cuatro evangelios –los Sinópticos y Juan– son unánimes al respecto. Jesús no espera a que la samaritana ponga orden en su vida privada para pasar tiempo con ella e incluso pedirle que le dé de beber. Pero al hacerlo cambió el corazón de aquella mujer que se convirtió en evangelizadora entre su pueblo. Lo mismo ocurre con Zaqueo, con Mateo el publicano, con la mujer anónima que besa sus pies en casa de Simón y con la adúltera.

No podemos extraer una norma absoluta de estos ejemplos. (Jesús era Jesús y leía los corazones; ¡nosotros no somos Jesús!). Sin embargo, la Iglesia no puede ignorar su estilo sin encontrarse más al lado de Juan Bautista que de Cristo. Jesús desaprueba el pecado infinitamente más que los moralistas más rígidos, pero propone en el Evangelio un nuevo remedio: no el distanciamiento, sino la aceptación. Cambiar de vida no es la condición para acercarse a Jesús en los Evangelios; sin embargo, debe ser el resultado (o al menos el propósito) después de acercarnos a él. La misericordia de Dios, de hecho, es sin condiciones, ¡pero no sin consecuencias!

En este punto, la Santa Madre Iglesia tiene mucho que aprender de las madres y los padres de hoy. Todos conocemos las tragedias que desgarran hoy a muchos padres: hijos que, a pesar de su buen ejemplo de vida cristiana y de sus buenos consejos, toman un camino diferente al suyo, destruyéndose con drogas, abusos sexuales, elecciones de vida tempranas que resultan equivocadas y muchas veces trágicas…

¿Por eso les cierran tal vez la puerta en la cara y los echan de la casa? No pueden hacer otra cosa que respetar su elección, como Dios la respeta, y seguir amándolos. Esta dramática situación de la sociedad se refleja en la de la Iglesia. Estamos llamados a elegir entre el modelo de Juan Bautista y el modelo de Jesús, entre dar preeminencia a la ley o entregársela a la gracia y la misericordia.

Hay un punto en el qué no hay elección, porque Juan y Jesús están en perfecto acuerdo. También nosotros deberíamos alzar nuestra voz al respecto. Esto es lo que expresa Juan con las palabras: “El que tiene dos túnicas, que dé unas al que no tiene, y el que tiene qué comer, que haga lo mismo” (Lc 3,11) y que Jesús inculca con la parábola del rico Epulón y con la descripción del juicio final en Mateo 25.

Juan Bautista, “más que un profeta”

Pasemos ahora al segundo papel, o título, de Juan el Bautista. Él – decía antes – no es sólo un moralista y un predicador de penitencia; es también y sobre todo profeta: “Tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo” (Lc 1,75). Jesús incluso lo define como “más que un profeta” (Lc 7,26).

¿En qué sentido, podríamos preguntarnos, Juan el Bautista es un profeta? ¿Dónde está la profecía en su caso? Los profetas anunciaron una salvación futura. Pero Juan Bautista no anuncia la salvación futura; señala a alguien que está presente. ¿En qué sentido entonces se le puede llamar profeta? Isaías, Jeremías, Ezequiel ayudaron al pueblo a superar la barrera del tiempo; Juan Bautista ayuda al pueblo a superar la barrera aún más espesa de las apariencias contrarias. ¿Sería entonces aquel hombre de apariencia tan humilde el tan esperado Mesías, anunciado por los profetas y prometido en los Salmos?

Es fácil creer en algo grandioso, divino, cuando se sitúa en un futuro indefinido -“en aquellos días”, “en los últimos días”…-, en un escenario cósmico, con los cielos chorreando dulzura y la tierra abriéndose para hacer germinar al Salvador. Más difícil es cuando uno tiene que decir: “¡Ahora! ¡Está aquí! ¡Es esto!”. El hombre se siente inmediatamente tentado a decir: “¿Eso es todo? “¿Puede venir algo bueno de Nazaret?”.

Es el escándalo de la humildad de Dios que se revela “bajo apariencias contrarias”, para confundir el orgullo de los hombres y su “voluntad de poder”. Creer que el hombre que vieron poco antes comer, dormir, tal vez incluso bostezar al despertarse, es el Mesías, el esperado por todos; creer que los tiempos han llegado a su plenitud: esto necesitaba mayor coraje profético que el de Isaías. Esta es una tarea sobrehumana y comprendemos la grandeza del precursor y por qué se le define como “más que un profeta”.

Los cuatro evangelios destacan el doble papel de Juan Bautista, el de moralista y el de profeta. Pero mientras los sinópticos insisten más en el primero, el Cuarto Evangelio insiste más en el segundo. Juan Bautista es el hombre del “¡Aquí está!”. “He aquí el hombre de quien hablé… ¡He aquí el Cordero de Dios!” (Jn 1,15.29). Qué escalofrío debió recorrer el cuerpo de quienes, con estas u otras palabras similares, recibieron por primera vez la revelación. Fue como un cortocircuito: el pasado y el futuro, la expectativa y la realización se tocaban.

¿Qué nos enseña Juan el Bautista como profeta? Creo que nos ha dejado su misma tarea profética. Al decir: “¡Hay uno entre vosotros a quien no conocéis!” (Jn 1,26), él inauguró la nueva profecía cristiana que no consiste en anunciar una salvación futura, sino en revelar una presencia escondida, la presencia de Cristo en el mundo y en la historia; consiste en arrancar los velos de los ojos, casi gritando con palabras parecidas a las de Isaías: “Dios ha hecho algo nuevo: ¿No os dais cuenta?” (cf. Is 43,19).

Jesús dijo: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Él está entre nosotros; Él está en el mundo y el mundo aún hoy, después de dos mil años, no lo reconoce. Hay una frase de Cristo que siempre ha preocupado a los creyentes. “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18:8). Pero Jesús no habla aquí de su venida al fin del mundo. En los discursos llamados escatológicos, a menudo se entrelazan dos perspectivas: la de la venida final de Cristo y la de su venida resucitado y glorificado por el Padre, que Pablo define como su venida “con poder según el Espíritu de santidad” (Rom 1, 4), diferente de la venida anterior “según la carne”. Es en referencia a esta su venida “según el Espíritu” que Jesús puede decir: “No pasará esta generación hasta que todo esto suceda” (Mt 24,34).

Esa inquietante frase de Jesús no cuestiona, pues, nuestra posteridad, los que se encontrarán viviendo en el momento de su parusía; cuestiona a nuestros antepasados ​​y a nuestros contemporáneos, incluidos nosotros mismos. A pesar de su resurrección y de las maravillas que acompañaron el comienzo de la Iglesia, ¿encontró Jesús fe entre los suyos? A pesar de dos mil años de su presencia en el mundo y de todas las confirmaciones de la historia, ¿encuentra todavía fe en nuestro mundo, especialmente entre los llamados “intelectuales”? 

La tarea profética de la Iglesia será la misma que la de Juan Bautista, hasta el fin del mundo: sacudir a cada generación de su terrible distracción y ceguera que le impide reconocer y ver la luz del mundo. Ésta es la tarea perenne de la evangelización. En el tiempo de Juan Bautista el escándalo derivaba del cuerpo físico de Jesús; de su carne tan parecida a la nuestra, excepto el pecado. También hoy es su cuerpo, su carne la que escandaliza: su cuerpo místico, la Iglesia, tan semejante al resto de la humanidad, sin excluir siquiera el pecado. Así como Juan Bautista hizo reconocer a sus contemporáneos a Cristo bajo la humildad de la carne, así es necesario hoy hacerlo reconocer en la pobreza de la Iglesia y de nuestra propia vida.

Una nueva evangelización en fervor

San Juan Pablo II caracterizó la nueva evangelización como una evangelización -cito- “nueva en fervor, nueva en métodos y nueva en la expresión”. Juan Bautista es nuestro maestro sobre todo en la primera de estas tres cosas, el fervor. El no es un gran teólogo, tiene una cristología muy rudimentaria. Aún no conoce los títulos más elevados de Jesús: Hijo de Dios, Verbo, ni siquiera el de Hijo del hombre.

Utiliza imágenes muy simples. “No soy digno – dice – de desatar las ataduras de sus sandalias…” Pero, a pesar de la pobreza de su teología, ¡cómo consigue hacer sentir la grandeza y la unicidad de Cristo! El mundo y la humanidad aparecen, según sus palabras, todos contenidos como dentro de un torno o de un tamiz que él, el Mesías, sostiene y agita en sus manos. Delante de él se decide quién está en pie y quién cae, quién es el buen trigo y quién la paja que el viento esparce. ¡El ejemplo del Precursor nos dice que todos pueden ser evangelizadores!

Comentando las palabras de San Juan Pablo II que mencioné, alguien dijo que la nueva evangelización puede y debe ser, sí, nueva “en el fervor, en el método y en la expresión”, pero no en los contenidos que siguen siendo los de todos los tiempos y que derivan de la revelación. En otras palabras: que puede y debe haber una nueva evangelización, pero no un nuevo Evangelio.

Todo esto es verdad. No puede haber contenidos verdadera y totalmente nuevos. Puede haber, sin embargo, contenidos nuevos, en el sentido de que en el pasado no fueron suficientemente destacados, que habían permanecido en la sombra, infravalorados. San Gregorio Magno decía: “Scriptura cum legentibus crescit” (Moralia en Job, 20, 1, 1), la Escritura crece con quien la lee. Y en otro pasaje también explica por qué. “En efecto – dice – se comprenden [las Escrituras] tanto más profundamente cuanto más se les presta atención” (Hom in Ez. I, 7,8). Este crecimiento se logra ante todo a nivel personal, en el crecimiento en santidad; pero también se realiza a nivel universal, a medida que la Iglesia avanza en la historia.

Lo que a veces hace tan difícil aceptar el “crecimiento” del que habla Gregorio Magno es la falta de atención prestada a la historia del desarrollo de la doctrina cristiana desde sus orígenes hasta hoy, o un conocimiento muy superficial de ella. Esta historia demuestra, de hecho, que este crecimiento siempre ha estado ahí, como demostró el cardenal John Newman en su famoso ensayo.

La Revelación -Escritura y Tradición juntas- crece según las preguntas y provocaciones que se le plantean a lo largo de la historia. Jesús prometió a los apóstoles que el Paráclito los guiaría “a toda la verdad” (Jn 16, 13), pero no precisó en cuánto tiempo: si en una o dos generaciones, o más bien -como todo parece indicar- durante todo el tiempo en que la Iglesia es peregrina en la tierra.

La predicación de Juan Bautista nos ofrece la oportunidad de hacer una observación importante precisamente sobre este “crecimiento” de la palabra de Dios que el Espíritu Santo opera en la historia. Del Precursor la tradición litúrgica y teológica ha recogido, sobre todo, el grito: “¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!” La Liturgia nos lo presenta nuevamente en cada Misa antes de la comunión, después de que el pueblo haya cantado tres veces: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros”.

En realidad, sin embargo, esto es sólo la mitad de la profecía del Bautista sobre Cristo. El presenta a Jesús, en el mismo contexto, como “él que bautiza con el Espíritu Santo” (Jn 1,33; Mt 3,11). La salvación cristiana no es, por tanto, sólo algo negativo, una “quita del pecado”. Es sobre todo algo positivo: es un “dar”, una infusión de vida nueva, vida del Espíritu. Es un renacimiento.

La destrucción del pecado parece ser el camino y la condición para el don del Espíritu, que es el fin último, el don supremo. El capítulo tercero de la Carta a los Romanos, sobre la justificación de los impíos, nunca debería estar separado del capítulo octavo sobre el don del Espíritu que empieza con un mensaje liberador que debería resonar más a menudo en nuestra predicación: “No hay, pues, condena alguna para los que están en Cristo Jesús, pues la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8, 1-2).

Por supuesto, este aspecto positivo nunca se ha olvidado. Pero tal vez no siempre se le haya puesto suficiente énfasis. Hemos corrido el riesgo, en la espiritualidad occidental, de ver el cristianismo, especialmente de manera “negativa”, como la solución al problema del pecado original; como algo, por tanto, triste y deprimente. Esto explica, al menos en parte, su rechazo por parte de amplios sectores de la cultura, como los representados, en filosofía, por Nietzsche y, en literatura, por el dramaturgo noruego Ibsen. La mayor atención a la acción del Espíritu Santo y a sus carismas que se observa desde hace tiempo en todas las Iglesias cristianas es un ejemplo concreto de cómo la Escritura “crece con quien la lee”.

Los santos aman continuar, desde el cielo, la misión que llevaron a cabo mientras vivieron en la tierra. Santa Teresa del Niño Jesús, cuyo 150 aniversario de su nacimiento se cumple este año, puso esto como una especie de condición a Dios para que vaya al cielo. San Juan Bautista también ama seguir siendo precursor de Cristo, ama prepararle los caminos. Prestémosle, pues, nuestra voz. 

Contemplando, en la Deesis, el icono del Precursor con las manos extendidas hacia Cristo y su mirada suplicante, la Iglesia ortodoxa le dirige esta oración que podemos hacer nuestra:

Esa mano que tocó la cabeza del Señor y con la qué nos señalaste al Salvador, extiéndela ahora, oh Bautista, hacia Él en nuestro favor, en virtud de esa seguridad de la que gozas en gran medida, ya que, según su propio testimonio, fuiste el más grande de todos los profetas. Los ojos que vieron descender al Espíritu Santo en forma de paloma, vuélvelos hacia Él, oh Bautista, para que nos muestre su gracia. Amén.

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